CINE – NACIONAL – CRÍTICA
El cine español ha encontrado en los dramas sociales un espacio privilegiado para reflejar las grietas de un sistema que margina a los más vulnerables. En su tercera película, La deuda, el director Daniel Guzmán vuelve a demostrar su sensibilidad para retratar las heridas del presente con un relato íntimo y feroz que aborda temas tan incómodos como la precariedad, los desahucios y la culpa. Tras A cambio de nada y Canallas, el director madrileño se atreve a ponerse también frente a la cámara para dar vida a Lucas, un hombre derrotado por la falta de empleo, asfixiado por las deudas y obligado a reinventarse cada día para seguir Adelante.
Lucas comparte un piso deteriorado con Antonia (Rosario García), una anciana aquejada de demencia que no puede valerse por sí misma. Aunque no les une un vínculo familiar, su convivencia está marcada por un afecto genuino que convierte aquel espacio en un refugio frágil frente a una realidad despiadada. Pero esa cotidianeidad tambalea cuando reciben la orden de desahucio: el banco, en su incansable lógica del beneficio, planea reconvertir la vivienda en un rentable piso turístico. La crítica social es clara, recordando tanto al Fernando León de Aranoa más incisivo como al Alejandro González Iñárritu más despiadado en su visión de la fatalidad.
La película, sin embargo, no se queda en la denuncia estructural. En un arranque de desesperación, Lucas roba un desfibrilador del hospital. Una acción aparentemente absurda que desencadena la tragedia: cuando el aparato es requerido para salvar la vida de un paciente, su ausencia provoca una muerte evitable. Con este giro inesperado, Guzmán no solo confronta a su personaje con la carga insoportable de la culpa, sino que también sacude al espectador, sembrando dudas sobre hasta dónde puede llevarnos la desesperación y qué precio estamos dispuestos a pagar por sobrevivir.
El relato se sostiene en una dirección sobria y contenida, que esquiva el melodrama para dejar espacio a la verdad de los personajes. La fotografía a cargo de Ibon Antuñano, de tonos apagados y atmósferas sombrías, captura la decadencia urbana de un Madrid cada vez más castigado por la gentrificación, sin renunciar a cierta elegancia visual que otorga dignidad a sus protagonistas. Guzmán compone planos cargados de simbolismo, en los que los interiores abarrotados y las calles desgastadas funcionan como un espejo de la asfixia emocional de Lucas y Antonia.
En el terreno interpretativo, el propio Guzmán ofrece una caracterización convincente de Lucas, pero la revelación absoluta es Rosario García. Su Antonia, marcada por la fragilidad física y la confusión de la demencia, se erige como un personaje de una humanidad arrolladora. Su naturalidad y pequeños gestos convierten cada escena en un recordatorio de que detrás de cada estadística de desahucios hay vidas y recuerdos condenados al olvido.
En La deuda, los silencios pesan tanto como las palabras, y los instantes de calma tensa —una visita al banco, una espera en el ambulatorio— resultan tan demoledores como cualquier clímax dramático. Guzmán, lejos de buscar golpes de efecto, apuesta por una narrativa que transmite el horror desde la inevitabilidad y la culpa, haciendo que la tragedia se instale en lo cotidiano.
¿Por qué verla?
Al fin y al cabo, es una película que trasciende el drama social para convertirse en una reflexión sobre la pérdida, la dignidad y las decisiones que marcan destinos irreversibles. Conmovedora interesante. Estreno en cines el 17 de octubre de 2025.
Valoración: ★★★★
Texto: Gemma Ribera
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Aquí el tráiler:
