TEATRO – BARCELONA – CRÍTICA
En el íntimo espacio del Heartbreak Hotel, el actor catalán Dafnis Balduz demuestra que no hacen falta decorados ni artificios para sostener una hora larga de teatro vibrante. Solo su cuerpo, su voz y un texto punzante bastan para mantener al público concentrado en Qui va matar el meu pare, la adaptación escénica de la novela autobiográfica de Édouard Louis.
Dirigida por Pau Roca, la obra prescinde de una puesta en escena convencional. No hay apenas elementos visuales que distraigan: todo sucede en el cuerpo del actor, en su respiración, en su manera de mirar, de bailar y de actuar. Ese vacío escénico se complementa con efectos de iluminación y, en conjunto, se transforma en un territorio fértil donde Balduz despliega un abanico de registros tan precisos como conmovedores.
Durante más de una hora sin descanso, el intérprete se adentra en la memoria del autor francés —un joven que busca reconciliarse con el padre que lo rechazó por ser homosexual— y reconstruye una vida marcada por la pobreza, la humillación y la culpa heredada. Su relato fluye como una confesión sin escapatoria, atravesada por la ternura y la rabia, por la necesidad de comprender y el impulso de acusar.
El mérito de Balduz radica en su capacidad de transitar de un registro emocional a otro con absoluta naturalidad. En cuestión de segundos pasa de la fragilidad del hijo al autoritarismo del padre, de la voz contenida al grito, del dolor íntimo a la denuncia social. Su interpretación es física, orgánica, desbordante: el escenario parece latir con él.
Roca dirige con precisión y respeto, sin sobrecargar de simbolismo un texto que ya contiene toda la carga emocional y política que necesita. La puesta en escena, casi desnuda, permite que la palabra resuene con toda su crudeza. Cada pausa, cada respiración, cada silencio tiene peso propio. Y esos silencios —como los que Édouard Louis describe en su trilogía autobiográfica— no son pausas vacías, sino lugares donde la emoción se condensa.
En este monólogo, el hijo revisita el pasado para saldar cuentas con un padre que fue víctima y verdugo a la vez, pero también con los políticos que, según él, destruyeron su cuerpo: Chirac, Sarkozy, Hollande y Macron. El texto no se limita a lo personal; se eleva hacia una denuncia colectiva sobre cómo la desigualdad, la masculinidad impuesta y la falta de justicia social aniquilan lentamente a quienes menos voz tienen.
¿Por qué verlo?
Balduz convierte ese alegato en una experiencia íntima y universal. Su entrega absoluta emociona y sacude. Es imposible no pensar en sus anteriores trabajos —como L’oreneta, de Guillem Clua—, donde también exploraba el duelo, la identidad y la redención. En Qui va matar el meu pare, sin embargo, alcanza una madurez interpretativa que roza lo hipnótico. Es una pieza imprescindible sobre la fragilidad, la memoria y la herida social que atraviesa generaciones. Teatro en estado puro.
Valoración: ★★★★★
Texto: Gemma Ribera
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