REVIEW #CINE: ‘Los domingos’ o el milagro de creer en algo

Hay películas que no buscan respuestas, sino aprender a formular las preguntas correctas. Los domingos, la nueva obra de Alauda Ruiz de Azúa, presentada en el Festival de San Sebastián, es una de ellas. Tras el éxito de Cinco lobitos, la directora bilbaína firma una película profundamente humana sobre la fe y la vocación, dos palabras que hoy parecen antiguas, pero que aquí recuperan toda su fuerza y sentido.

Ruiz de Azúa aborda la fe desde un terreno poco habitual en el cine español: el respeto. No hay ironía ni caricatura, sino curiosidad genuina por entender qué lleva a una joven del siglo XXI, que baila reguetón y usa TikTok, a querer ingresar en un convento. La directora se adentra en ese misterio con una mirada empática, casi documental, que se aleja de lo doctrinal y se acerca a lo humano.

Lo que podría haber sido un ejercicio de exotismo o crítica fácil se convierte aquí en un proceso íntimo de discernimiento, filmado desde la duda, el desconcierto y la ternura. Ruiz de Azúa no juzga; observa. Su cámara se mueve con la curiosidad de quien no busca demostrar nada, sino comprender. La película consigue algo excepcional: hablar de Dios sin provocar rechazo, incluso entre los espectadores más alejados de la fe.

La película parte de un hecho real que la directora conoció hace años, nada más y nada menos que el deseo de una chica de consagrarse y la conmoción que provocó en su familia. Esa premisa sencilla le sirve para explorar una tensión universal: cómo reaccionamos cuando alguien cercano elige una vida que se escapa de nuestro entendimiento.

La debutante Blanca Soroa encarna con contención y naturalidad a Ainara, la protagonista de 17 años que siente la llamada religiosa y cuya interpretación transmite una mezcla de serenidad, duda y emoción. A su lado destaca Patricia López Arnaiz como Maite, la tía atea de fuerte carácter, en la que es probablemente la mejor interpretación del elenco. Miguel Garcés aporta sobriedad al papel del padre distante, mientras que Juan Minujín ofrece calidez y comprensión como Pablo, pareja de Maite. Mabel Rivera interpreta a la abuela, un personaje más secundario que actúa como nexo familiar, y el grupo de amigos de Ainara, compañeros del coro de su colegio, aporta una mirada juvenil y coral a la historia.

Lo admirable del guion —que Ruiz de Azúa ha trabajado durante años— es el retrato del proceso vocacional. No lo presentan como una certeza repentina, sino como una lucha, una mezcla de entusiasmo, miedo y desconcierto. Su protagonista no es una santa, sino una joven que duda, que se equivoca, que ama y sufre. Precisamente por eso su decisión final emociona: porque nace del conflicto, no de la imposición.

Pero Los domingos no es una película confesional. Ruiz de Azúa, fiel a su honestidad, plantea las preguntas más incómodas: ¿hasta qué punto una elección tan radical es libre? ¿Y por qué nos cuesta tanto aceptar la fe ajena cuando no la compartimos? La cineasta no ofrece respuestas, pero deja una sensación de diálogo abierto, de mirada limpia. Construye su relato sobre una línea de equilibrio entre opuestos: la razón frente a la fe, el deseo frente a la devoción, lo tangible frente a lo invisible.

Incluso la música se convierte en espejo de esa dicotomía. La banda sonora avanza a ritmo de contrastes: del reguetón de Quédate de Quevedo, que abre la cinta y ancla a los personajes en el presente más urbano y juvenil, a las armonías corales y litúrgicas que emergen en los momentos de recogimiento.

¿Por qué verla?

Porque muestra la perplejidad de los no creyentes ante lo que consideran una “rendición irracional”, pero también el miedo de los creyentes ante una fe que, llevada al extremo, puede parecer incomprensible incluso para ellos. La directora retrata ese abismo con la delicadeza de quien sabe que la fe, como el amor, no puede explicarse, solo vivirse. Llega a los cines el 24 de octubre de 2025.

Valoración: ★★★★★

Texto: Gemma Ribera

© COMOexplicARTE

Aquí el tráiler:

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