REVIEW #CINE: ‘Pequeños calvarios’, cuando la forma supera al fondo

Javier Polo regresa con Pequeños calvarios, su primer largometraje de ficción pura tras The Mystery of the Pink Flamingos (2021) y el cortometraje Una terapia de mierda (2023). Si en sus trabajos anteriores exploraba los límites entre la realidad y la parodia, aquí se adentra en un terreno más narrativo pero igualmente excéntrico, donde el humor absurdo y el color se funden en una sátira sobre las pequeñas tragedias modernas.

La película se articula en torno a cuatro historias independientes conectadas por un personaje común: un relojero interpretado por Pablo Molinero, que actúa como una especie de narrador omnipresente o hilo conductor. Desde su taller y a través de un programa de radio, este enigmático personaje interviene de manera simbólica en la vida de los oyentes, transformando su rutina con pequeñas dosis de caos.

Esa figura del relojero, asociada tradicionalmente a la precisión y al orden, se convierte aquí en una metáfora del tiempo emocional, de la fragilidad con que medimos nuestras relaciones, nuestras obsesiones y nuestros fracasos cotidianos.

Las cuatro historias —una pareja que pierde a su perro, un hipocondríaco que convoca a sus amigos, una profesora de yoga que ve perturbada su paz y un hombre solitario en un camping— funcionan como un mosaico de neurosis modernas. Cada episodio muestra un pequeño “calvario” que expone la fragilidad emocional de una sociedad que lo tiene todo, pero no sabe disfrutar de nada.

Visualmente, Pequeños calvarios es una fiesta cromática. Polo vuelve a demostrar su afinado sentido estético, con una fotografía firmada por Beatriz Sastre que combina colores brillantes, encuadres simétricos y una textura pop que recuerda a la publicidad retro o al videoclip indie. Esa sincronicidad entre los tonos vivos y el trasfondo melancólico de las historias crea un contraste atractivo: bajo la superficie de humor y color, late un universo sombrío, casi berlanguiano, donde las manías y neurosis de los personajes reflejan una sociedad saturada de ansiedad.

Sin embargo, esa cuidada envoltura visual termina siendo más interesante que el propio contenido. Pequeños calvarios se queda a menudo en la superficie estética, sin llegar a profundizar en los dilemas que plantea. Lo que empieza como una comedia ácida sobre las frustraciones modernas se diluye en una sucesión de gags irregulares, más ingeniosos que emocionantes.

El reparto coral —con Arturo Valls, Andrea Duro, Vito Sanz, Marta Belenguer o Javier Coronas, entre otros— contribuye al tono estrafalario, pero en ocasiones cae en interpretaciones exageradas o sobreactuadas, que refuerzan la sensación de artificio y alejan al espectador de cualquier implicación emocional.

Polo demuestra una notable pericia formal y una mirada singular, heredera del kitsch y del humor negro berlanguiano, pero el guion (firmado junto a Guillermo Guerrero, Enric Pardo y David Pascual) no consigue sostener la carga simbólica que propone. El resultado es una obra irregular, tan cuidada en lo estético como desigual en lo narrativo.

¿Por qué verla?

Pequeños calvarios brilla más por su forma que por su fondo, pero a pesar de sus altibajos narrativos, la película ofrece una mirada original al absurdo cotidiano con un envoltorio visual impecable. La película confirma el estilo personal de Javier Polo, capaz de construir mundos reconocibles y surrealistas a la vez, donde el color, la ironía y el detalle escénico dialogan con el desconcierto de la vida moderna. Llega a los cines el 24 de octubre de 2025.

Valoración: ★★

Texto: Gemma Ribera

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Aquí el tráiler:

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