CRÓNICA: Barcelona presencia la resurrección de Lady Gaga con ‘The Mayhem Ball’

MÚSICA – BARCELONA – CRÓNICA

Han pasado siete años desde la última vez que Lady Gaga pisó Barcelona. A partir de entonces, la artista se vio afectada por uno de los momentos más frágiles de su carrera: una etapa marcada por la inestabilidad física y mental, por la enfermedad que la alejó de los escenarios y por una presión mediática que amenazaba con devorarla. Pero este 28 de octubre, en el primero de los tres conciertos que ofrecerá en el Palau Sant Jordi —las únicas fechas en España dentro de su gira mundial—, Barcelona fue testigo de una resurrección. La cantante neoyorquina, que apareció renacida, poderosa y lúcida, regresó para presentar The Mayhem Ball, una celebración del caos convertida en arte.

Desde el primer minuto, quedó claro que la Gaga de 2025 no es solo una estrella pop, sino una performer total. La velada se abrió con la lectura del Manifiesto de la “Mother Monster” y una imagen que quedará grabada en la retina: Gaga emergiendo de entre una niebla carmesí, envuelta en un vestido rojo de corte victoriano, interpretando Bloody Mary. Una entrada que funcionó como declaración de intenciones: lo gótico y lo sagrado, lo teatral y lo íntimo, unidos en un mismo latido. The Mayhem Ball no es solo un concierto, es una experiencia sensorial total. «Levantad las patas pequeños monstruos», repetía la artista.

El concierto narra un viaje entre la oscuridad y la redención. Mayhem, su sexto álbum de estudio, funciona como columna vertebral del show. Un trabajo introspectivo, visceral y teatral que en directo cobra una nueva dimensión. Con Abracadabra, su tema más exitoso, el Palau Sant Jordi se convirtió en una catedral del pop: esta canción sirvió de detonante para un estallido de luces, coreografías imposibles y una Gaga en control absoluto de cada detalle. “¡Baila o muere!” señaló en español.

La narrativa de The Mayhem Ball se divide en cinco actos, cada uno con un título y una estética propia. En Of Velvet and Vice, emergió de un enorme cajón de arena rodeada de esqueletos para entonar Perfect Celebrity, mientras las pantallas proyectaban una reinterpretación fúnebre de su propia imagen. Luego, en She Fell into a Gothic Dream, los muertos cobraron vida con Disease, una pieza que sacudió el Palau con su energía cruda y su potencia teatral. Todo estaba diseñado para contar una historia: la de una artista que, tras perder el equilibrio, ha aprendido a bailar en medio del desastre.

El escenario, concebido como una estructura operística en ruinas, marcó el tono de una noche que fue tanto un espectáculo como una batalla interior. Desde los primeros compases de Poker Face, Gaga se enfrentó —literalmente— a sus propios fantasmas: vestida de negro, cantó sobre un tablero de ajedrez que se adentraba entre el público, desafiando a una figura coronada en encaje blanco. Era la personificación de sus demonios, de la eterna lucha entre la luz y la sombra que atraviesa su carrera. Solo quedó una en pie: la Gaga que ha sobrevivido a sí misma.

El setlist, cuidadosamente articulado, ofreció una panorámica de dos décadas de carrera sin necesidad de recorrer toda su discografía. Los nuevos temas de Mayhem se entrelazaron con clásicos reformulados. A lo largo de más de dos horas, Gaga se movió entre el exceso y la vulnerabilidad. Revisitó viejas heridas como Paparazzi —que sonó a capela mientras la artista aparecía en muletas, evocando su propio videoclip—; Just Dance y Applause se reinterpretaron con ritmos más rápidos; y Summerboy, —canción que no tocaba desde 2007— fue entonada ahora por decenas de miles de voces.

La artista también dejó espacio para la emoción más desnuda y presentó a la diva y a la humana, frente a frente. En el bloque final, acompañada solo por su piano, interpretó Million Reasons, Shallow y Die With a Smile junto a Bruno Mars. “Gracias por creer en mí a lo largo de toda mi carrera”, dijo antes de levantar una bandera arcoíris que le lanzó un fan. “Este concierto es para mi comunidad queer. Por vuestro amor, por vuestra fuerza. Porque nunca necesitasteis que nadie os salvara.”

El público —más de 17.000 almas entregadas— respondió con devoción. Muchos de sus Little Monsters llevaban días acampados en las puertas del Sant Jordi, algunos luciendo los mismos símbolos y estilismos que la artista popularizó hace más de una década. Gaga, consciente de esa fidelidad, correspondió con gratitud y una energía que parecía inagotable. Convertida ya en emperatriz del pop oscuro, les devolvió esa devoción con un show impecable, sin apenas pausas, donde cada cambio de vestuario y cada coreografía estaban pensados para mantener la adrenalina.

Musicalmente impecable y visualmente apabullante, The Mayhem Ball es un espectáculo que conjuga lo mejor de sus distintas eras: la excentricidad de The Fame Monster, el libertinaje de Artpop, la crudeza de Joanne y la espiritualidad cinematográfica de Chromatica. Pero lo que realmente destaca es su control absoluto: Gaga ha huido esta vez de los grandes estadios para recuperar el pulso artesanal de sus giras más íntimas, donde cada gesto parece tener sentido.

El clímax llegó con Bad Romance, convertida en una ceremonia colectiva de liberación. Y el cierre, inesperado, fue pura metáfora: Gaga volvió al escenario sin maquillaje, sin peluca, apenas con una luz cálida sobre el rostro, para cantar How bad do u want me. Una despedida despojada, sincera, que confirmó que detrás de la iconografía, de los corsés y los tacones imposibles, sigue existiendo una artista auténtica.

Lady Gaga volvió a Barcelona no para demostrar que puede hacerlo, sino para recordarse —y recordarnos— que sigue aquí. Donde antes había desorden, hoy hay maestría; donde había dolor, ahora hay poder. Que el caos puede ser belleza, y que la locura puede ser arte. Y es que cando el último acorde se desvaneció, ella sonrió y dijo, antes de desaparecer entre el humo: “Los monstruos nunca mueren.”

Texto: Gemma Ribera
© COMOexplicARTE

 

Deja un comentario