MÚSICA – BARCELONA – CRÓNICA
EEl Palau Sant Jordi de Barcelona no siempre suena igual. Hay noches en las que vibra, otras en las que ruge y algunas en las que abraza. La del pasado 27 de diciembre fue una de esas. Nil Moliner subió al escenario para despedirse de dos años de carretera sabiendo que no hacía falta decir demasiado: bastaba con cantar, sonreír y dejar que las canciones hablaran por él.
El artista de Sant Feliu de Llobregat eligió Barcelona para cerrar una gira que ha marcado un punto de inflexión en su trayectoria. Fue un concierto de cierre, pero también de agradecimiento. Moliner habló poco durante la velada, y cuando lo hizo fue siempre en catalán, con palabras medidas y sinceras, lejos de cualquier discurso impostado. Se mostró cercano, amable y visiblemente emocionado ante un Palau entregado desde el primer minuto.
El arranque fue una declaración de intenciones. Mi religión y Dos primaveras marcaron desde el primer momento el tono de una noche pensada para celebrar lo vivido, mientras Me quedo y Nada que decir reafirmaban esa conexión inmediata con un público que respondió cantando cada palabra. El repertorio avanzó con naturalidad entre la euforia y la introspección. Esa convivencia entre celebración y vulnerabilidad define buena parte del universo de Nil Moliner y fue uno de los grandes aciertos de la noche.
La parte central del concierto transitó entre la energía luminosa de Good Day, Mi bandera o Hijos de la tierra y momentos más íntimos en los que el artista bajó a la pista para cantar rodeado del público temas como Sin tu piel o El despertar. Fue ahí donde el Palau dejó de ser un gran recinto para convertirse en un espacio compartido, casi doméstico, sostenido por miles de voces en silencio respetuoso.
El bloque acústico aportó uno de los pasajes más emotivos de la noche. Versiones como Por la boca vive el pez o Puede ser dialogaron con canciones propias como Por última vez y Mejor así, acompañadas por cuerdas y coro, mostrando la cara más vulnerable de un Moliner que no rehúye la emoción cuando el contexto lo pide.
Tras interpretar Meneíto, Soldadito de hierro y Libertad, llegó uno de los momentos más celebrados del concierto. Desde el escenario central, Nil Moliner dio la bienvenida a Gerard Quintana para interpretar juntos Empordà, el clásico de Sopa de Cabra. La ovación fue inmediata y unánime, cargada de complicidad generacional y sentimiento colectivo.
El tramo final sirvió para mirar hacia adelante sin romper del todo con el presente. Canciones como Ara, Luces de ciudad o NEXO 10. Alex y Ha pasado algo dejaron entrever la nueva etapa que vendrá tras este paréntesis anunciado, antes de cerrar definitivamente con Vuela alto, convertida ya en himno y despedida. No fue un adiós definitivo, sino un punto y aparte consciente. Un cierre sereno, agradecido y coherente con un artista que sabe que, para seguir avanzando, a veces también hay que parar y coger aire.
Gemma Ribera
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