CINE – INTERNACIONAL – CRÍTICA
Sirat de Oliver Laxe llega cargada de reconocimiento y polémica. Laxe propone un viaje sensorial y espiritual a través del desierto marroquí, donde un padre y un hijo atraviesan situaciones extremas en busca de la hija desaparecida. La apuesta estética y filosófica es innegable, pero hay otros aspectos que son difíciles de explicar y también de digerir.
Entrar en ese universo escomo despertar en un desierto extraño, donde cada sonido, cada sombra y cada mirada parecen acecharte. La película te coloca en medio de un espacio hipnótico, saturado de luz, polvo y música electrónica, donde el tiempo se dilata hasta hacerse insoportable. El director construye un mundo que es bello y brutal a la vez, un universo donde la subcultura rave se transforma en un rito extremo de resistencia, y los outsiders de la sociedad se mueven como espectros sobre la arena caliente.
La intención poética y política de Laxe es clara, pero su cine te obliga a mirar, a sentir y a soportar —y no siempre de manera placentera. Cada plano se estira hasta la extenuación, cada silencio se vuelve un latido incómodo que parece vibrar bajo la piel del espectador. La sensación es la de estar atrapado en un experimento: no hay respiro, no hay tregua, solo la insistencia de la cámara en mostrarnos lo que queremos y, sobre todo, lo que no queremos ver.
El reparto, encabezado por Sergi López, Bruno Núñez, Jade Oukid y Richard Bellamyun, cumple su papel con entrega absoluta, sus gestos mínimos y miradas intensas multiplican la sensación de realidad, pero también nos recuerda que estamos frente a un cine que privilegia la forma y la atmósfera por encima de la humanidad de sus personajes.
La estética es impactante y la música envuelve con fuerza, pero esa misma perfección visual y sonora se convierte en una especie de tormento. La película es radical, poética y catártica, sí, pero también manipuladora: juega con el espectador, lo mantiene al borde de la incomodidad, lo fuerza a participar de su tensión, casi como si lo encerrara en una película de terror donde cada escena es una amenaza sutil. Lo que para algunos puede ser sublime, para mí se siente excesivo, un cine que te exige sufrir para admirar.
El problema no está en la ambición, sino en el precio que se paga: Sirat consigue impresionar y dejar huella, pero muchas veces a costa de la empatía, la narrativa y la conexión emocional. Aun así, hay que reconocer la fuerza del proyecto. La combinación de imágenes, sonidos y la inmersión en una subcultura marginal ofrece momentos de auténtica fascinación. Pero incluso en esos instantes de belleza, uno percibe la sensación de que el cine ha decidido ser un campo de pruebas sensorial antes que un espacio para sentir.
¿Por qué verla?
La película, que ha sido celebrada en festivales internacionales y candidata a varios premios, despliega un cine radical. Es hipnótica y visualmente impactante, pero su apuesta por la lentitud extrema y la incomodidad lo acerca al cine de la crueldad y puede convertir la experiencia en un ejercicio más de resistencia que de disfrute. Para quienes buscan cine que conmueva sin someter al espectador a un ritual de sufrimiento, Sirat es admirable, pero también agotadora.
Valoración: ★★
Texto: Gemma Ribera
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Aquí el tráiler:
