TEATRO – NACIONAL – CRÍTICA
Les Bàrbares vuelve a ocupar el escenario del Teatre Borràs de Barcelona con la seguridad de un espectáculo que ya sabe dónde pisa y por qué conecta. No es una reposición acomodada en el aplauso pasado, sino una segunda vida escénica que confirma la vigencia de un texto incómodo, lúcido y emocionalmente afilado. Lucía Carballal firma una obra que nace de una herida íntima —la fractura entre madre e hija— y la convierte en un espejo colectivo donde varias generaciones de mujeres pueden mirarse sin filtros ni condescendencia.
La pieza arranca con el reencuentro de tres amigas de juventud, convocadas por la última voluntad de Bárbara, la ausente que, paradójicamente, vertebra toda la acción. A partir de ese punto de partida casi doméstico, el texto despliega un debate profundo sobre los distintos feminismos, sin voluntad de sentenciar, pero sí de confrontar. El feminismo vivido, el feminismo heredado y el feminismo cuestionado chocan en conversaciones que oscilan entre el humor afilado y una tristeza de esas que dejan al público en silencio.
La dirección de David Selvas apuesta por una puesta en escena sobria y eficaz, donde el espacio no cambia, pero sí lo hace su carga emocional. La escenografía de Josep Iglesias y Marc Salicrú, dominada por un rojo envolvente, funciona casi como una caja de resonancia de los conflictos internos de las protagonistas. El sofá central, los elementos de hotel antiguo, la sensación de lugar de paso, refuerzan la idea de tránsito vital: mujeres que miran atrás sin saber muy bien cómo reconciliarse con lo que fueron y lo que son.
El reparto es uno de los grandes pilares del montaje. María Pujalte compone una Susi frágil y resistente a la vez, atravesada por una melancolía que se cuela en cada gesto y que da cuerpo a una maternidad vivida desde la renuncia. Cristina Plazas aporta dureza y vértigo a una Carmen brillante profesionalmente, pero por dentro rota, quizá el personaje más incómodo y menos complaciente. Francesca Piñón sostiene la función desde un lugar aparentemente más sereno, dotando a Encarna de una humanidad que actúa como eje moral sin caer en el arquetipo.
Y después está Berta Gratacós, en un doble registro delicado y sugerente, aporta una capa poética que aligera la tensión sin restarle profundidad, especialmente a través de las canciones. Hay momentos en los que la obra abre más preguntas de las que puede cerrar, y no todas encuentran una resolución clara. Algunas discusiones se alargan, ciertos conflictos se intuyen más de lo que se desarrollan. Pero quizá ahí reside también su honestidad: la vida no ofrece respuestas cerradas, y Les Bàrbares no pretende hacerlo.
Uno de los aciertos menos subrayados, pero más significativos del montaje es su condición bilingüe, alternando catalán y castellano con total naturalidad. Lejos de romper la fluidez, el cambio de lengua acompaña las relaciones entre los personajes y demuestra que la convivencia lingüística en escena no solo es posible, sino orgánica y verosímil.
El público, mayoritariamente femenino y adulto, responde con una identificación palpable, como si cada escena activara recuerdos, debates pendientes o conversaciones no resueltas. Al finalizar, la ovación no es solo para las actrices, sino para una obra que reivindica a esas mujeres “sin etiqueta”, contradictorias, valientes y cansadas, que sostuvieron el mundo
¿Por qué verla?
En Les Bàrbares, trabajo, maternidad y patriarcado no aparecen como consignas, sino como experiencias encarnadas, atravesadas por renuncias, culpas y contradicciones. Su fuerza está en poner sobre la mesa temas que siguen siendo incómodos y necesarios, especialmente para una generación de mujeres que abrió caminos sin manual de instrucciones.
Valoración: ★★★★
Texto: Gemma Ribera
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