TEATRO – NACIONAL – CRÍTICA
La Villarroel cuelga el cartel de entradas agotadas y confirma que todavía existen fenómenos teatrales capaces de generar una expectación poco habitual. Els fills, obra en catalán producida por La Brutal, ha aterrizado como uno de esos acontecimientos que combinan prestigio internacional, reparto de primera línea y una temática de fuerte resonancia contemporánea. Antes incluso de levantar el telón, la sensación era la de asistir a una cita imprescindible.
La obra original de la autora británica Lucy Kirkwood, The Children, no llega precisamente sin avales: fue galardonada como Mejor Obra en los UK Writers’ Guild Awards en 2018 y ese mismo año obtuvo dos nominaciones a los Premios Tony, incluyendo Mejor Obra y Mejor Actuación de Reparto en Broadway. Este recorrido internacional no solo consolidó el texto en el circuito anglosajón, sino que lo situó en el radar del teatro europeo como una de las piezas contemporáneas más relevantes sobre la responsabilidad moral de nuestra generación.
Con estas credenciales, Els fills desembarca en Barcelona envuelta en expectativas altas, casi inevitables. Lo que nos propone es el reencuentro de tres científicos jubilados marcados por las consecuencias -físicas y éticas- de un accidente nuclear ocurrido décadas atrás, un punto de partida que pronto se transforma en algo más íntimo: un ajuste de cuentas con el pasado, con las decisiones tomadas en nombre del progreso y con el legado que se deja a quienes vienen detrás.
Los hijos del título nunca aparecen en escena; son una presencia ausente que encarna la pregunta incómoda: ¿qué mundo hemos dejado atrás? La sombra de tragedias como Chernóbil o Fukushima Daiichi planea sobre la obra, aunque el texto evita el discurso explícito para centrarse en las grietas humanas que permanecen tras cualquier explosión.
El principal sostén del montaje es el trío protagonista: Emma Vilarasau, Mercè Aránega y Jordi Boixaderas. Entre los tres construyen un tejido interpretativo de enorme precisión. No hay sobreactuación, sino que es gracias a ellos que el texto gana densidad y credibilidad.
La dirección apuesta por una puesta en escena sobria, la cual refuerza la metáfora medioambiental: las cenizas no son solo radiactivas, también son morales. Son los restos de decisiones tomadas en nombre del progreso y ahora puestas en cuestión. La obra habla de responsabilidad, de sacrificio y de la posibilidad -o no- de reparar el daño causado. Invita a pensar en el legado y en el coste personal de asumirlo.
Sin embargo, ahí mismo aparece su punto más discutible. Las expectativas generadas eran muy altas y el desarrollo dramático puede no satisfacer a todos los espectadores. Els fills avanza con un ritmo pausado, apoyándose en conversaciones fragmentarias que revelan la información poco a poco. Al contener una “no trama”, por muy coherente que sea con el tono reflexivo del texto, puede resultar también desconcertante. En algunos momentos, la tensión prometida se diluye y deja demasiado espacio a la interpretación, lo que puede generar cierta sensación de vacío o incluso confusión.
¿Por qué verla?
Por el privilegio de contemplar a tres actores en plena madurez artística, por una reflexión pertinente sobre la responsabilidad intergeneracional y por la potencia de una metáfora que nos enfrenta a las cenizas que deja cualquier estallido, sea nuclear o moral. No es una obra redonda, pero sí estimulante y necesaria en su planteamiento.
Valoración: ★★★
Texto: Gemma Ribera
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