REVIEW #TEATRO: ‘Mejor no decirlo’, el arte de callar (y sus consecuencias)

En un momento en el que muchas propuestas escénicas apuestan por el exceso, Mejor no decirlo encuentra su mayor virtud en todo lo contrario: la contención. La obra teatral de Salomé Lelouch, dirigida por Claudio Tolcachir, se instala en el Teatre Goya de Barcelona hasta el 12 de abril con una propuesta aparentemente sencilla que acaba revelándose profundamente compleja. Durante 75 minutos, el público asiste a una conversación -o más bien, a un combate dialéctico- donde lo importante no es solo lo que se dice, sino todo aquello que se calla.

Una pareja madura, formada por personajes sin nombre -Ella y Él-, arrastra consigo historias previas, hijos de otros matrimonios y pensamientos opuestos. El texto despliega una reflexión lúcida sobre la comunicación, los límites del lenguaje y la utilidad del silencio. Se habla de temas delicados como el VIH o la gestación subrogada, pero sin caer en el dramatismo evidente. Más bien al contrario: la obra los integra con naturalidad, como parte de una conversación cotidiana que, poco a poco, va adquiriendo una densidad emocional inesperada.

La adaptación de Fernando Masllorens y Federico González del Pino enfatiza en cómo lo cotidiano se convierte en un campo de batalla íntimo. Con su humor sutil y su ritmo ágil, se percibe incluso algo casi musical en los diálogos, en cómo avanzan y retroceden, y en cómo los silencios pesan tanto como las palabras.

Pero si la obra funciona con tanta precisión es, sobre todo, gracias a sus intérpretes. María Barranco construye una Ella arrolladora, verbalmente imparable, que domina el tempo de la escena alternando entre la ironía, la ternura y pequeños destellos de humor absurdo. Lejos de quedar eclipsado, Imanol Arias sostiene la escena desde la escucha, desde los matices, desde esa forma de estar que convierte cada reacción en un momento significativo. Juntos, construyen una química sólida, creíble y profundamente humana.

En el apartado técnico, Mejor no decirlo demuestra cómo la sencillez puede convertirse en una aliada expresiva de primer nivel. La escenografía de Mariana Tirantte, minimalista y funcional, no solo delimita el espacio, sino que lo transforma con agilidad, permitiendo recrear distintos ambientes con apenas mover unos elementos clave. Mención especial merece la iluminación de Matías Sendón, que se integra en la propia escenografía y traslada al espectador a determinados espacios como un camerino o un sueño imaginario.

¿Por qué verla?

Con un texto preciso, una dirección que entiende el valor de la contención y dos intérpretes en estado de gracia, la función consigue algo cada vez más difícil: entretener sin renunciar a la profundidad.

Valoración: ★★★★★

Información y entradas

Texto: Gemma Ribera

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