CRÓNICA: Kat Von D y su ritual oscuro en la Sala Salamandra

MÚSICA – BARCELONA – CRÓNICA

No es fácil definir a Kat Von D. Para quienes la conocieron en la era de los realities, era la tatuadora que ponía tinta a leyendas del rock. Para otros, es la empresaria que convirtió su estética gótica en una marca personal. Pero el pasado jueves 5 de mayo, en la Sala Salamandra, Kat Von D se despojó de etiquetas y se presentó como lo que ahora es: una artista musical con una propuesta tan visual como sonora, tan íntima como teatral.

La noche comenzó con Challenger, dúo electrónico que supo marcar el tono de la velada con una propuesta intensa, cargada de sintetizadores y oscuridad controlada. Tras ellos, PRAYERS, el grupo mexicano de Leafar Seyer —pareja de Kat Von D—, ofreció su particular combinación de electro, spoken word y estética “cholo goth”, generando un clima de tensión magnética que funcionó como antesala perfecta al acto principal.

Su gira europea recalaba en L’Hospitalet de Llobregat con una puesta en escena minimalista pero cargada de intención. Sobre el escenario, solo ella y Sammi Doll —su compañera de banda—, entre sintetizadores y una guitarra tímida. El resto, lo ponían tres pantallas gigantes, proyecciones cuidadas y un sonido que, aunque pregrabado en gran parte, construía una atmósfera densa, casi ceremonial.

Vestida en látex negro y con una peluca de aires vampíricos, Kat Von D emergía como una figura salida de un videoclip de culto. El público, entregado desde el primer minuto, no llenó del todo la sala, pero sí supo llenar de energía cada tema, acompañando con vítores y móviles en alto los momentos más intensos. La artista se mostró contenida pero conectada, sin necesidad de palabras grandilocuentes.

El repertorio se centró en sus dos discos: Love Made Me Do It (2021) y el reciente My Side of the Mountain (2024). Sonaron temas como Vampire Love —con imágenes de la mítica Vampira al fondo—, I am a machine con la aparición virtual de Alissa White-Gluz, y Set Myself on Fire, uno de los momentos más vibrantes del show. Incluso se atrevió con Por ti, una balada en castellano que emocionó por su simpleza y cercanía.

El concierto fue breve —apenas una hora—, pero dejó la sensación de haber asistido a algo distinto. Una suerte de misa pagana, una pasarela de synth-pop oscuro con ecos de Depeche Mode, Eurythmics o Chromatics, bañada en la estética de una diva que lo apuesta todo al imaginario visual. El final llegó con Black Leather, donde volvió a escena Leafar Seyer, esta vez junto a Kat Von D, rodeado de dos imponentes figuras tatuadas empuñando espadas. Una imagen teatral y casi surrealista que rompía con la sobriedad del resto del show y cerraba la noche con un guiño a lo performativo y lo extraño.

¿Se echó de menos una banda en directo? Tal vez. ¿Hubiera ganado el espectáculo con más interacción real y menos capas digitales? Posiblemente. Pero en tiempos de conciertos clónicos y previsibles, se agradece una propuesta que apueste por lo estético, lo sensorial y lo inquietante. Kat Von D no vino a demostrar nada. Vino a invocar su mundo. Y lo hizo con firmeza, entre luces rojas, sintetizadores y un magnetismo que atrapó sin necesidad de levantar la voz.

Gemma Ribera

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