TEATRO – NACIONAL – CRÍTICA
Hay reuniones de amigos que sirven para recordar el pasado y otras que obligan a enfrentarse a él. La promesa, la nueva producción de Sixto Paz presentada en el Teatre Borràs, parte de una premisa aparentemente ligera para acabar construyendo una afilada reflexión sobre la amistad, la culpa y la distancia que separa a las personas de los ideales que defendían en su juventud.
Escrita por Yago Alonso y Sílvia Navarro y dirigida por Pau Roca, la función nos presenta a cinco amigos que se conocieron en un grupo scout durante la adolescencia y que, pese al paso de los años, han mantenido una relación tan estrecha como compleja. El reencuentro tiene lugar en una fiesta temática dedicada a los años noventa, una década convertida aquí en símbolo de una época de ilusiones, promesas y expectativas que la vida adulta se ha encargado de erosionar.
La obra juega con inteligencia esa nostalgia generacional. La música, la estética y las referencias culturales funcionan como un eficaz punto de conexión con el público, pero nunca se convierten en el verdadero centro del relato. Lo que interesa a los autores es mostrar cómo aquellos jóvenes idealistas se han transformado en adultos acomodados, instalados en una realidad confortable que poco tiene que ver con las convicciones que defendían durante sus años de formación.
El giro argumental que desencadena la acción resulta tan inesperado como eficaz. Lo que comienza como una celebración entre viejos amigos deriva rápidamente hacia una situación límite en la que los personajes se ven obligados a revisar su pasado y a responder por decisiones que creían olvidadas. A partir de ahí, La promesa construye una especie de cuenta atrás moral donde el suspense y la comedia conviven de forma sorprendentemente equilibrada.
Pau Roca otorga a la obra un ritmo constante y aprovecha al máximo las posibilidades de un texto que combina humor negro, intriga y crítica social. El montaje no pierde dinamismo en ningún momento y sabe dosificar las revelaciones para mantener la atención del espectador hasta el desenlace. La propuesta tiene algo de thriller generacional y algo de sátira sobre una generación que creció convencida de que podía cambiar el mundo y acabó adaptándose cómodamente a sus contradicciones.
El reparto responde con gran solvencia a las exigencias de esta maquinaria coral. En la función de estreno a la cual asistimos, Carol Rovira no pudo participar debido a problemas de salud y fue sustituida por Clara Altarriba, que asumió el papel protagonista con profesionalidad y seguridad. Su trabajo resulta especialmente meritorio teniendo en cuenta las circunstancias de la sustitución. A su alrededor, Eduard Buch, Eduardo Lloveras, Mercè Martínez y Marc Rodríguez construyen personajes reconocibles y llenos de matices, capaces de transitar con naturalidad entre el humor más disparatado y los momentos de mayor tensión dramática. Destaca especialmente la química colectiva, fundamental para que funcionen tanto los enfrentamientos como las confesiones que articulan la trama.
Uno de los mayores logros de La promesa es que evita caer en el moralismo. La obra plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad individual, el privilegio y las promesas incumplidas sin ofrecer respuestas fáciles. Los personajes son contradictorios, egoístas en ocasiones, entrañables en otras, y precisamente por ello resultan cercanos. Si hay algún aspecto mejorable, quizá algunos conflictos secundarios merecerían una exploración más profunda antes de llegar a la resolución final. Sin embargo, el conjunto mantiene suficiente fuerza dramática para que estas pequeñas irregularidades no afecten al resultado global.
¿Por qué verla?
Porque tras su apariencia de comedia generacional se esconde una obra que invita a reflexionar sobre quiénes fuimos, quiénes somos y qué ha quedado de aquellas promesas que nos hicimos cuando todavía creíamos que el futuro sería exactamente como lo habíamos imaginado. Divertida, mordaz y sorprendente, La promesa demuestra que la mejor manera de mirar al pasado es hacerlo con sentido crítico y una buena dosis de humor.
Valoración: ★★★★
Texto: Gemma Ribera
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