TEATRO – NACIONAL – CRÍTICA
Hay obras que consiguen que el público se ría durante buena parte de la función y, sin darse cuenta, acabe saliendo del teatro con un nudo en el estómago. La Truita, de Baptiste Amann, que puede verse en el Teatre Poliorama dentro del Grec Festival, juega precisamente a eso: empieza como una comedia de reuniones familiares que todos reconocemos y termina convirtiéndose en un retrato incómodo sobre las heridas que pueden abrirse entre padres e hijos.
El punto de partida es tan cotidiano como efectivo. Una familia se reúne para celebrar el 65º cumpleaños del padre. Hay nietos, parejas, conversaciones cruzadas, pequeños reproches y ese caos organizado que acompaña a cualquier comida familiar. Pero es cuando una de las hijas decide llevar una trucha en lugar de comer el fricandó preparado por su madre, el momento en que todo empieza a resquebrajarse. Lo que parecía una anécdota acaba funcionando como el símbolo de una generación que ya no acepta las tradiciones simplemente porque siempre hayan sido así.
El gran acierto del texto es que evita señalar culpables. Los padres no son villanos ni los hijos tienen siempre la razón. Baptiste Amann plantea un choque generacional lleno de matices donde aparecen la precariedad, la frustración, las expectativas incumplidas y esa sensación de que cada generación responsabiliza a la anterior de los problemas que le ha tocado vivir. El espectador puede sentirse identificado con unos o con otros dependiendo del momento, y ahí reside buena parte de la inteligencia de la obra.
La dirección de Ferran Utzet mantiene la tensión durante toda la función sin perder nunca el pulso. Los cambios de tono son naturales y el humor nunca parece forzado, sino que nace de las propias relaciones entre los personajes. También funcionan muy bien los monólogos que rompen la cuarta pared, permitiendo conocer mejor qué piensa cada miembro de la familia cuando deja de hablar para los demás y empieza a hablar consigo mismo.
El reparto es, sin duda, uno de los grandes pilares del montaje. Emma Vilarasau construye una madre tan afilada como reconocible, mientras que Jordi Boixaderas aporta una enorme humanidad a un padre que intenta sostener una familia que siente cada vez más lejos. Entre los hijos y sus parejas destacan especialmente Arnau Puig, que firma algunos de los momentos más memorables de la función gracias a un humor muy medido y una naturalidad que conquista al público, y Marc Bosch, perfecto en ese papel del yerno que nunca termina de encontrar su lugar. Miranda Gas, Sara Espígul, Júlia Bonjoch y Tai Fati completan un reparto coral donde cada personaje tiene voz propia y evita caer en estereotipos.
Visualmente, la propuesta también suma. La escenografía realista sitúa toda la acción alrededor de una mesa que acaba convirtiéndose casi en un personaje más, mientras que las proyecciones y el trabajo de iluminación acompañan los cambios emocionales sin robar protagonismo al texto. Todo está al servicio de una historia que no necesita grandes artificios para mantener la atención del espectador durante más de dos horas.
Lo mejor de La Truitaes que nunca se conforma con ser una simple comedia familiar. Conforme avanzan los platos de la comida también crecen los reproches, los silencios y las verdades que durante años habían permanecido escondidas. Cuando llega el desenlace, la sonrisa del inicio ha desaparecido y deja paso a una reflexión que probablemente continuará de camino a casa.
¿Por qué verla?
Porque es una de esas obras capaces de hacer convivir humor, emoción y reflexión sin perder pulso. La Truita habla de familia, de generaciones, de expectativas y de cómo convivimos con quienes más queremos cuando dejamos de entendernos. Un texto inteligente, una dirección muy sólida y un reparto sobresaliente convierten esta producción en una de las grandes citas teatrales del Grec Festival y, sin duda, en una de las mejores obras que pueden verse este año en Barcelona.
Valoración: ★★★★★
Texto: Gemma Ribera
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