CINE – NACIONAL – CRÍTICA
En el actual panorama del terror comercial, donde las campañas de marketing suelen prometer más de lo que las películas pueden sostener, La ahorcada llega envuelta en una estética de sugerencia macabra y referencias más o menos reconocibles al imaginario reciente del género. Hay ecos de un cine de impacto inmediato, aunque aquí esa promesa inicial se va diluyendo a medida que la historia avanza
La adaptación cinematográfica de la novela homónima de Mayte Navales, arranca desde un lugar reconocible: el amor que no sabe morir del todo y se transforma en algo más oscuro. Detrás de esa primera impresión se esconde un relato que intenta explorar el terreno del amor tóxico llevado al extremo. Rosa Martín (Amaia Salamanca), incapaz de aceptar la ruptura con Fran (Eduardo Noriega), se suicida en el árbol de la casa que él utiliza para sus encuentros con otras mujeres. A partir de ahí, la película se instala en un territorio híbrido entre lo sobrenatural y lo psicológico, donde el espíritu de Rosa queda anclado al lugar de su muerte, convertido en escenario de una venganza póstuma que desdibuja los límites entre lo real y lo onírico.
El problema no es la premisa, sino su ejecución. La historia se apoya en arquetipos muy reconocibles del género de terror contemporáneo: la casa encantada, la presencia fantasmal vinculada a un trauma, la mediadora espiritual, la niña con sensibilidad especial o la venganza desde el más allá. Son piezas que funcionan de forma aislada, pero aquí la sensación es la de transitar por un terreno ya muy pisado, donde la película avanza con seguridad pero sin riesgo.
En el centro del relato, la balanza interpretativa se inclina claramente hacia Amaia Salamanca. La actriz entrega un trabajo notable, especialmente en su vertiente más contenida y emocionalmente ambigua, dotando a Rosa de una presencia que va más allá del cliché de “fantasma vengativo”. Por contraste, Eduardo Noriega construye un Fran funcional pero menos arriesgado, anclado en un registro que remite a personajes ya transitados en su filmografía.
Sí merece una mención especial Cosette Silguero, que interpreta a Patti, la hija menor, y aporta una frescura inesperada dentro de un relato que, en muchos momentos, se vuelve excesivamente sombrío y previsible. Su presencia, aunque secundaria, introduce pequeños destellos de humanidad que la película no siempre logra desarrollar en sus tramas principales.
La dirección de Miguel Ángel Lamata plantea un tono híbrido entre el drama íntimo y el relato gótico, pero no termina de encontrar una identidad clara. En algunos momentos, la película parece querer abrazar una estética más poética y atmosférica; en otros, recurre a soluciones más convencionales del género. Además, el guion introduce ideas que apuntan a una mayor complejidad -como pueden ser la identidad artística de Rosa bajo el nombre de “La Ahorcada” o ciertas resonancias literarias- pero esas capas quedan apenas esbozadas. El espectador se da cuenta fácilmente de que hay un universo más amplio del que finalmente se ha mostrado en pantalla…
¿Por qué verla?
A pesar de sus irregularidades, La ahorcada ofrece una aproximación diferente al terror romántico y al duelo emocional, con una protagonista femenina sólida y algunos momentos visuales sugerentes. Su premisa plantea ideas interesantes sobre el deseo, la posesión y la toxicidad afectiva, aunque no siempre estén del todo desarrolladas. El reparto ayuda a sostener un material desigual, y contiene un plot twist final que reordena parcialmente el relato. 22 de abril en cines.
Valoración: ★★
Texto: Gemma Ribera
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Aquí el tráiler:
