MÚSICA – BARCELONA – CRÓNICA
El Palau Sant Jordi se llenó hasta los topes para celebrar algo más que una gira: una vida entera sobre los escenarios. Dani Martín regresaba a Barcelona con su tour 25 p*tos años, un recorrido emocional por su trayectoria que se alargó durante dos horas y media y que dejó claro que lo suyo nunca ha sido solo música, sino que es una forma de estar en el mundo.
Desde los primeros acordes, el concierto se planteó como un viaje entre pasado y presente. Un setlist pensado para el fan -el de siempre y el que llegó después-, con un repertorio generoso que alternó himnos de El Canto del Loco con su carrera en solitario. El arranque no dejó lugar a dudas. Zapatillasabrió el show como un disparo directo a la memoria colectiva, convirtiendo el Sant Jordi en una fiesta generacional desde el primer segundo. Sin apenas dar tregua, Volverá reforzó esa conexión inmediata con el público, que asumió el protagonismo coreando cada palabra.
A la llegada del bloque íntimo al son de Cama Vacía y Desaparece, la intensidad emocional empezó a ganar terreno. Puede Ser, Besos y Tal Como Eres transformaron el recinto en un karaoke masivo, en el que artista y público intercambiaban roles constantemente. Tampoco faltaron joyas de la época como A Contracorriente o Son Sueños.
Sin embargo, lo más llamativo fue, precisamente, lo poco que habló. Y cuando lo hizo, eligió bien las palabras. Dani Martín no llenó los silencios, los utilizó. Entre tema y tema dejó caer pinceladas de su historia, de esas que construyen relato sin necesidad de grandes discursos. Recordó, por ejemplo, cómo en el colegio lo señalaban como un “nini”. “No es que no quisiera hacer nada”, vino a decir, “es que no me gustaba estudiar”. Una reflexión que aprovechó para cuestionar un sistema educativo que, según él, no siempre sabe ver más allá de lo académico.
Ese discurso encontró su reflejo en el bloque más introspectivo del concierto. Cero marcó uno de los momentos más crudos de la noche, seguido de Emocional, casi un manifiesto artístico sobre quién es hoy. Con Que Bonita la Vida y No, No Vuelve, el concierto bajó pulsaciones para conectar desde la reflexión, en un tramo donde la vulnerabilidad sustituyó a la euforia.
También hubo espacio para mirar atrás con ironía. En sus inicios, confesó, desde Sony no se cortaron confesándole que nunca habían visto a alguien “con tanta jeta cantando”, así como tampoco escuchaban un grupo “tan malo” desde hacía tiempo. No obstante, apostaron por ellos. Hoy, 26 años después, Martín lo resume en una frase: felicidad y pasión.
Uno de los momentos más especiales de la noche llegó cuando invitó a dos fans a subirse al escenario. El chico, de nombre Jordi, se arrancó a cantar Blanco y Negro mientras otro joven le acompañaba a la guitarra. No fue un gesto gratuito. Fue casi una declaración de principios. “Hay que dar oportunidades”, defendió el protagonista de la noche.
Abrió la recta final con Peter Pan –pura nostalgia- y La Suerte de Mi Vida, uno de los picos más celebrados del concierto. Para entonces, el relato ya estaba completo: del niño incomprendido al artista que llena estadios. El cierre fue, como debía ser, una explosión. Insoportable seguida de El Último Día de Nuestras Vidas, sirvieron para conectar presente y legado. Y finalmente, Veinticincopuso el broche perfecto: un cierre conceptual que resumía toda la gira y su trayectoria.
Barcelona también tuvo su momento íntimo. El artista evocó aquella vez en la que llegó a la ciudad y se quedó en la estación de Sants soñando con subirse algún día a un escenario degran capacidad. Anoche, ese sueño se celebró ante miles de personas. El concierto dejó un mensaje claro, casi insistente: hay que soñar en grande. Porque si algo ha demostrado Dani Martín a lo largo de su carrera es que, incluso cuando nadie apuesta por ti -o precisamente entonces-, los sueños pueden cumplirse y permanecer vivos.
Gemma Ribera
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