MÚSICA – BARCELONA – CRÓNICA
El Palau Sant Jordi volvió a colgar el cartel de sold out para recibir a Pablo Alborán en su única parada en Barcelona dentro del Global Tour KM0. Y lo cierto es que la noche confirmó algo que el público ya sabe de sobra: cuando Alborán canta, el escenario no es solo un escenario, es un lugar donde pasan cosas que se sienten más que se explican.
El concierto arrancó con Clickbait, seguido de Tabú, dos temas que sirvieron para encender un Sant Jordi que ya estaba entregado antes incluso del primer acorde. Desde ahí, el artista fue construyendo una noche de subidas y bajadas emocionales, sin prisas, dejando espacio para que cada canción encontrara su propio aire. La respuesta del público fue constante: coreando, acompañando, y sobre todo sosteniendo cada silencio entre temas como si también formara parte del repertorio.
En esos momentos de pausa, cuando el escenario quedaba a oscuras o en transición, no faltaron los habituales gritos de fans lanzando piropos al artista, rompiendo con humor y espontaneidad ese breve silencio entre canción y canción, aunque a veces sea mejor permanecer callados y con educación…
Uno de los puntos más claros de la noche estuvo en su voz. En directo, Alborán sigue teniendo esa capacidad poco común de sonar exactamente como en estudio, pero con una carga emocional añadida que no cabe en ninguna grabación. Da igual si se trata de un tema más movido o de una balada al piano: la interpretación siempre va un paso por delante de lo evidente.
A lo largo del concierto hubo momentos de intensidad y también de pausa. Vámonos de aquí o No vaya a ser empujaron al público a levantarse de sus asientos, mientras que Tanto, Planta 7 y Mis 36 bajaron la luz del Sant Jordi a otro ritmo, más íntimo, más visceral. En este último, dedicado a su hermano, el tiempo pareció ir un poco más despacio, igual que en otros momentos fue el propio cantautor malagueño quien insistió en que “ojalá pudiera detener el tiempo” para que no terminara la noche.
La relación con el público fue uno de los hilos más claros de la noche. No desde el discurso preparado, sino desde los gestos pequeños: miradas, sonrisas, respuestas improvisadas, la forma en la que lee cartels o su forma de agradecer el apoyo constante. En el Bloque “dedicado al desamor” varios fans subieron al escenario y compartieron una experiencia que rompió cualquier distancia posible entre artista y público. Sin soltar sus manos y sosteniendo las Lágrimas, cantó rodeado de chicas el medley compuesto por Perfectos imperfectos, Que siempre sea verano, Tu refugio y ¿Dónde está el amor?
El concierto también dejó espacio para la sorpresa con el estreno en directo de su nuevo single, presentado casi como quien comparte algo que todavía está fresco. Se trata de Tiempos bonitos, un tema sensual y pegadizo que habla de una relación que no terminó de cuajar a pesar de la química inicial, y que encontró en el Sant Jordi su primera puesta de largo ante miles de personas. Antes de interpretarla, el cantante pidió al público que grabara el momento con sus móviles y lo compartiera, convirtiendo ese estreno en una actuación efímera pero inmediatamente viral.
Saturno convirtió el Sant Jordi en una galaxia propia y, a partir de ahí, el repertorio se recogió en un bloque más íntimo, con el piano y la guitarra como eje, y un Alborán prácticamente a solas sosteniendo la emoción del recinto. Llegaron entonces Solamente tú, KM0, Por fin y Prometo.
Ese paréntesis emocional dio paso al último giro de la noche, ya en clave claramente festiva. Copiloto abrió el bloque final, seguido de Vívela, antes de un medley de La fiesta y Vivir que terminó de desatar el ambiente. El cierre continuó con La vida que nos espera y Si quisieras, poniendo punto final a un concierto que fue de menos a más, pasando de la intimidad al estallido colectivo.
Quedaron fuera algunos de sus grandes hits como La llave o Éxtasis, pero el setlist apostó por un equilibrio entre clásicos, nuevas canciones y espacio para lo que está por venir. Al final, lo que se llevó el público no fue solo una lista de canciones, sino la sensación de haber estado en una noche donde la voz, la cercanía y la emoción estuvieron constantemente en primer plano, sin necesidad de exageraciones ni de bises.
Gemma Ribera
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