TEATRO – NACIONAL – CRÍTICA
Ver a Lola Herrera sobre un escenario siempre genera una expectativa difícil de separar de la propia obra. Hay intérpretes cuya sola presencia ya convierte una función en acontecimiento, y quizá por eso Camino a la Meca llegaba al Teatre Goya con el peso añadido de reunir a Herrera con Natalia Dicenta y Carlos Olalla bajo la dirección de Claudio Tolcachir. Sin embargo, el resultado deja una sensación extraña: interesante en el fondo, pero irregular en la forma. Quizá incluso una de las propuestas más frías o menos conectadas emocionalmente que hemos visto de Herrera en directo.
Basada en el texto de Athol Fugard, la obra nos traslada a la Sudáfrica del apartheid para contar la historia de Helen Martins, una artista excéntrica que, tras años sometida a las normas sociales y matrimoniales de su entorno, decide vivir según sus propias reglas. En medio de un aislamiento voluntario y de la incomprensión vecinal, Helen encuentra refugio en el arte y en la amistad que mantiene con Elsa, una profesora joven de Ciudad del Cabo que admira profundamente su forma de entender la libertad. Frente a ellas aparece Marius, el pastor local, representante de una moral conservadora que intenta devolver a Helen al redil de una comunidad incapaz de aceptar la diferencia.
La función encuentra su mayor fortaleza precisamente en esas conversaciones sobre la soledad, el miedo a la vejez, la libertad individual o la necesidad de ser comprendido. Hay momentos donde el texto respira con enorme sensibilidad y donde se percibe claramente la intención de hablar de todas aquellas personas que, por querer vivir distinto, terminan siendo señaladas. El trasfondo político del apartheid aparece, pero lo hace casi como eco lejano; aquí el conflicto principal está en lo íntimo, en la lucha entre permanecer fiel a uno mismo o ceder ante la presión social a una avanzada edad.
A nivel interpretativo, Lola Herrera sigue teniendo una presencia magnética. Hay una delicadeza muy suya al pronunciar cada frase, una manera de sostener silencios y miradas que continúa atrapando al público incluso en los pasajes más estáticos. Su Helen transmite fragilidad y firmeza a partes iguales, aunque en esta ocasión habla bajito y el personaje se queda contenido. La química con Natalia Dicenta funciona mejor en las escenas más íntimas. Ambas construyen una relación creíble, basada en la admiración mutua y en esa amistad intergeneracional sostenida a través de cartas y largas ausencias. Dicenta aporta energía y naturalidad, convirtiéndose en el contrapunto más vivo de la obra.
Por su parte, Carlos Olalla cumple correctamente como el pastor Marius, símbolo del orden y de una sociedad incapaz de comprender aquello que se sale de la norma, aunque el personaje acaba moviéndose en registros bastante previsibles. La escenografía acompaña bien esa sensación de aislamiento: un espacio cargado de objetos, esculturas y recuerdos que funciona como extensión mental de Helen y como pequeño universo donde la protagonista intenta proteger su libertad.
¿Por qué verla?
Digamos que, en general, Camino a la Meca tiene imágenes potentes y un simbolismo interesante alrededor de “La Meca” como refugio creativo y espiritual, pero la emoción no siempre logra atravesar el escenario y llegar con fuerza al patio de butacas. Es una obra que se admira más de lo que se siente. Y quizá ahí reside su principal problema: uno sale valorando el talento y la importancia del discurso, pero sin la conmoción que prometía una historia así. Eso sí, conviene verla por sus interpretaciones y, especialmente, porque el texto de Athol Fugard deja conversaciones interesantes sobre la creación artística y el peso de las normas sociales.
Valoración: ★★★
Texto: Gemma Ribera
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