CINE – NACIONAL – CRÍTICA
Después de sorprender con Yo, adicto, la serie basada en sus propias memorias, Javier Giner debuta en el largometraje con Esta soledad, un drama íntimo sobre las heridas que deja una ruptura y la dificultad de seguir adelante cuando la vida no se parece a la que habíamos imaginado. Protagonizada por Oriol Pla y Marina Salas, la película se presentó en la sección New Directors del Festival de San Sebastián este año y propone una mirada a una generación que parece llegar siempre tarde a la estabilidad, la madurez y la satisfacción personal.
Leo y Lorea han sido pareja durante cinco años, pero ahora deben aprender a vivir por separado. Él intenta mantener viva su vocación como actor y clown mientras trabaja en un supermercado y cuida de su padre enfermo. Ella es escritora, aunque se gana la vida como camarera, y arrastra una relación complicada con su familia. Sus historias avanzan en paralelo, con pocos cruces, pero comparten algo más profundo que el recuerdo de su relación: ambos están perdidos, frustrados y obligados a reconstruirse sin saber muy bien por dónde empezar.
Uno de los aciertos de Giner es evitar que sus protagonistas se conviertan en dos figuras opuestas. Leo y Lorea pertenecen a una misma generación y atraviesan una crisis vital que va mucho más allá del desamor. Sus aspiraciones artísticas chocan con la precariedad laboral y con la dificultad de construir un proyecto de vida estable. Hay en ellos cierta rebeldía, la resistencia a renunciar a aquello que desean pese a tener que dedicar buena parte de sus energías a sobrevivir. No es una rebelión explícita, sino más bien una lucha cotidiana por encontrar un lugar propio en un mundo que parece exigirles demasiado.
La película también encuentra en Bilbao algo más que un escenario. La ciudad aparece alejada de la postal turística, con una atmósfera urbana áspera y cotidiana que acompaña el estado emocional de los personajes. Giner, que vuelve a sus orígenes, construye un retrato de personas que trabajan, cuidan de sus familiares y tratan de sostenerse con las pocas fuerzas que les quedan. La precariedad no es únicamente económica, sino que también afecta a sus relaciones, a sus expectativas y a la capacidad de imaginar un futuro diferente.
En el apartado interpretativo, Oriol Pla vuelve a demostrar su capacidad para encarnar personajes de gran intensidad emocional. Su Leo es vulnerable, contradictorio y, en ocasiones, incapaz de expresar lo que le sucede. La enfermedad de su padre, la responsabilidad de cuidarlo y las heridas relacionadas con su historia familiar van acumulando un peso que el actor transmite a través de pequeños gestos y reacciones contenidas.
Marina Salas, por su parte, construye una Lorea que busca recomponerse mediante la escritura y los vínculos que establece con otras personas. Su recorrido es interesante, aunque no siempre alcanza la misma consistencia narrativa que el de Leo. Ambos sostienen el relato con interpretaciones que funcionan mejor cuando la película confía en ellos y no necesita explicar constantemente sus emociones.
Entre los personajes secundarios destaca Gemma Martínez como Irati, la mujer que Lorea conoce en prisión cuando acude a presentar su libro. El vínculo que nace entre ambas abre una nueva vía en la vida de la escritora, pero también pone a prueba la confianza en los demás Su relación con Irati permite explorar la distancia entre la imagen que construimos de alguien y la realidad, así como la necesidad de encontrar fuera de nosotros mismos un impulso para cambiar.
También merece atención Kai Etxaniz como Gabriel, un personaje que adquiere un peso especial hacia el final de la película. Su encuentro con Leo introduce una forma de acompañamiento que contrasta con el aislamiento en el que se ha movido el protagonista. Además, la construcción de Gabriel responde a una decisión consciente de Giner: representar a una persona trans desde la cotidianidad, sin recurrir a estereotipos ni convertir su identidad en el único rasgo que la define. Etxaniz aporta humanidad a un personaje que, desde la sencillez, deja una de las huellas emocionales más significativas del relato.
En lo formal, Esta soledad apuesta por una narración contenida en la que los silencios dicen mucho más que las palabras. Giner prefiere insinuar antes que explicar, y deja que las miradas, los gestos y las situaciones cotidianas revelen poco a poco qué une a los personajes y qué heridas arrastran. Es una decisión coherente con el universo de la película y encuentra un buen aliado en sus intérpretes.
Sin embargo, esa misma apuesta por la pausa acaba convirtiéndose en una de sus principales limitaciones. El ritmo me ha resultado lento en varios momentos y algunas situaciones se prolongan más de lo necesario, haciendo que el interés decaiga. Aunque las historias tienen puntos de conexión y una sensibilidad evidente, no todas evolucionan con la misma fuerza.
¿Por qué verla?
Esta soledad interesa por su mirada a una generación que intenta salir adelante luchando contra dificultades internas y externas. Oriol Pla y Marina Salas sostienen un drama que encuentra en los silencios su principal herramienta expresiva. El film tiene sensibilidad, buenas interpretaciones y una mirada honesta sobre la dificultad de encontrar nuestro lugar en el mundo. Una película interesante, con momentos que permanecen, aunque exige más paciencia de la que termina recompensando.
Valoración: ★★★
Texto: Gemma Ribera
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Aquí el tráiler:
