REVIEW #CINE: ‘Ruega por nosotras’, sobrevivir cuando la libertad también es un pecado

El silencio, la obediencia y la culpa son algunas de las armas más poderosas para someter a alguien. Y de eso sabe mucho Ruega por nosotras. Daniel Monzón regresa a la gran pantalla con un drama ambientado en los últimos años del franquismo que recupera uno de los episodios más oscuros de nuestra historia reciente: el del Patronato de Protección a la Mujer, una institución que, bajo la apariencia de proteger y reeducar a jóvenes consideradas inmorales, sometió a miles de mujeres a un régimen de represión, abusos y adoctrinamiento. Coescrita junto a Jorge Guerricaechevarría, la película combina denuncia histórica y ficción para devolver el protagonismo a unas víctimas durante demasiado tiempo silenciadas.

La historia nos sitúa en la Barcelona de 1974, cuando ser una adolescente con ganas de salir, divertirse y tomar sus propias decisiones podía convertirse en un problema familiar. Ana (Zoe Bonafonte) pertenece a una familia acomodada, pero no parece dispuesta a seguir el camino que han decidido para ella. Su carácter inconformista y una noche de fiesta que acaba con la intervención policial desencadenan una decisión que cambiará su vida: su padre la envía al Patronato para que alguien se encargue de corregir su comportamiento. Lo que Ana no imagina es hasta qué punto aquel lugar puede llegar a arrebatarle su libertad. Allí conocerá a Sole (Manuela Calle), una joven muy distinta a ella, con quien acabará compartiendo algo más que un encierro.

Para entender la dimensión de lo que cuenta la película conviene detenerse en la historia de esta institución. El Patronato, creado originalmente en 1902 y reconvertido durante la dictadura franquista, permaneció activo hasta 1985, una década después de la muerte de Franco. Miles de chicas fueron internadas en centros gestionados por órdenes religiosas por motivos que hoy pueden parecer tan cotidianos como salir de noche, mantener relaciones sentimentales o mostrar una actitud que no encajaba con el ideal de mujer impuesto por el catolicismo. Lo más inquietante es comprobar cómo la supuesta protección podía convertirse en una condena y cómo, en muchos casos, eran las propias familias quienes entregaban a sus hijas a aquel sistema. Monzón pone el foco precisamente en esa realidad y en las consecuencias de una represión que no terminó con el final de la dictadura.

Ruega por nosotras brilla por su capacidad de trasladar al espectador al interior del reformatorio y hacernos sentir el peso de sus paredes. Las puertas cerradas, las rejas, la vigilancia constante y las plegarias forman parte de una rutina asfixiante en la que cualquier gesto de autonomía parece una amenaza. La película se mueve entre el drama histórico y los códigos del cine carcelario, con sus jerarquías, castigos y tentativas de fuga, pero también construye un interesante enfrentamiento psicológico entre Ana y la madre superiora Socorro (Adelfa Calvo). La fotografía, el vestuario y el cuidado diseño sonoro contribuyen a recrear ese universo opresivo. Especialmente significativo resulta el contraste entre unas jóvenes encerradas -ajenas a las transformaciones que se están produciendo en el país- y un exterior que empieza a cambiar según la estación del año y el paso de la dictadura.

En medio de tanta oscuridad, la relación entre Ana y Sole se convierte en el verdadero corazón emocional de la película. Dos chicas de procedencias y personalidades muy diferentes que probablemente nunca se habrían conocido en otras circunstancias, pero que encuentran en la otra una forma de resistir. Aquí destacan especialmente Zoe Bonafonte y Manuela Calle, que sostienen buena parte del peso dramático con interpretaciones muy convincentes. Bonafonte transmite la evolución de Ana y su lucha por conservar su identidad frente a una institución empeñada en doblegarla. Calle, por su parte, aporta a Sole una naturalidad y una energía que equilibran la dureza del relato. La química entre ambas funciona especialmente bien y consigue que su vínculo trascienda el propio encierro. También merece reconocimiento Adelfa Calvo, que construye una antagonista inquietante desde la autoridad y el convencimiento de estar actuando en nombre de una moral incuestionable.

Aunque la película mantiene el interés y consigue momentos de gran intensidad, no siempre logra equilibrar todas sus líneas argumentales. La denuncia de la violencia institucional, el pulso entre Ana y Socorro y el desarrollo de la amistad entre las protagonistas conviven con otras realidades igualmente terribles, como los abusos sexuales, el robo de recién nacidos o las prácticas psiquiátricas coercitivas. Son cuestiones de enorme relevancia, pero su acumulación hace que algunos conflictos queden menos desarrollados. También los sucesivos planes de huida terminan por resultar algo reiterativos y afectan puntualmente al ritmo de un metraje que podría haber sido más conciso.

La cinta toma su título del libro homónimo de Consuelo García del Cid, que contribuyó a visibilizar la realidad del Patronato, y demuestra el valor de la ficción cinematográfica para acercar episodios silenciados a un público más amplio. Puede que no todos sus elementos tengan el mismo desarrollo, pero su fuerza reside en aquello que consigue transmitir: la injusticia de un sistema represor y la capacidad de las mujeres para encontrar apoyo y resistencia incluso en las circunstancias más adversas. Porque algunas historias no deberían volver a quedar encerradas entre cuatro paredes.

¿Por qué verla?

Es cierto que su duración y algunas líneas argumentales podrían estar mejor resueltas. Sin embargo, esta película tiene algo que permanece después de los títulos de crédito: la fuerza de sus protagonistas y la cercanía de una historia que, pese a su dureza, también encuentra espacio para la complicidad, los afectos y algún destello de esperanza. En cines el 6 de noviembre de 2026.

Texto: Gemma Ribera

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Aquí el tráiler:

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