CINE – NACIONAL – CRÍTICA
Salir de El ser querido sin tomar partido resulta complicado. La nueva película de Rodrigo Sorogoyen es irregular, sí, pero también magnífica. Se mueve constantemente entre el riesgo y el exceso, entre momentos en los que su apuesta formal resulta brillante y otros en los que se hace demasiado evidente. Pero cuando encuentra su centro, cuando deja de hablar de cine para hablar de las heridas que dejamos en quienes queremos, la película alcanza una intensidad difícil de olvidar. Por eso, pese a sus desequilibrios, nuestra valoración es de cinco estrellas.
En el centro están Esteban Martínez (Javier Bardem), un director de cine consagrado, y Emilia (Victoria Luengo), su hija, también actriz, con quien lleva trece años sin hablar. El reencuentro se produce al proponerle un papel protagonista en su nueva película, llamada Desierto. En el rodaje, él pretende recuperarla profesionalmente y, quizá sin saberlo, recuperar también una relación que quedó rota hace mucho tiempo. Sorogoyen construye así una historia sobre padres e hijos, pero también sobre el poder, la admiración, el ego y esa peligrosa frontera en la que una persona puede convertirse en personaje. La película habla de cine constantemente, aunque su verdadera trama está en esa relación.
Durante el coloquio posterior a la proyección a la que asistimos, con Luis Tosar como moderador y junto a Sorogoyen, Bardem, Luengo e Isabel Peña, quedó claro hasta qué punto esa tensión traspasó la pantalla. Bardem reconoció que hubo momentos durante el proceso en los que no sabía distinguir del todo dónde terminaba él y dónde empezaba Martínez: “Había momentos que no sabía distinguir y tratábamos de gestionar las emociones”. El actor explicó que tuvo que negociar consigo mismo qué parte de lo que expresaba pertenecía a su propia experiencia y qué parte correspondía al personaje. Una barrera especialmente delicada en una película que juega precisamente con la confusión entre ficción y realidad.
La relación entre ambos intérpretes fue, de hecho, uno de los grandes experimentos de la película. La primera escena entre Bardem y Luengo se rodó sin haber ensayado juntos y durante una hora y veinte minutos sin cortes. La distancia previa no fue casual: el equipo quiso proteger ese primer encuentro para que la tensión llegara intacta a cámara. Algo parecido ocurrió en la larga escena de la mesa, uno de los grandes momentos de la película, que necesitó cinco días de rodaje, jornadas de doce horas y varias cámaras para registrar una secuencia rodada además en distintos formatos. Bardem llegó incluso a aconsejar a Luengo sobre la intensidad o los primeros planos. “Lo que se ve es verdad. Todos lo dieron todo en todo momento. Fue muy bonito de ver. Y qué generosa es Victoria”, explicó el actor al hablar del trabajo de su compañera.
Y ahí está probablemente la mayor virtud de El ser querido. Cuando Bardem y Luengo dejan de interpretar y simplemente se miran, la película no necesita explicar nada más. Los silencios, los gestos y aquello que ninguno de los dos personajes consigue decir tienen más fuerza que algunos de los recursos formales que Sorogoyen coloca alrededor. Bardem está enorme como ese hombre acostumbrado a ejercer autoridad y a no asumir las consecuencias de sus decisiones, mientras Luengo consigue que Emilia no sea únicamente una hija herida, sino una mujer que también lucha por recuperar su propia voz.
Bardem reconoció que le sorprendió la dificultad de su personaje para pedir perdón, porque el utiliza habitualmente el “perdón” ya que cree que ayuda a generar justicia, pero Martínez ha llegado a un lugar en el que ni siquiera tiene capacidad para enfrentarse al daño que ha provocado.
Sorogoyen e Isabel Peña llevan el conflicto hacia un terreno más amplio mediante el metacine, los cambios de formato, el blanco y negro, el celuloide, los encuadres cuadrados, el sonido y la ficción dentro de la ficción. Son decisiones ambiciosas que buscan romper las reglas y que, en sus mejores momentos, amplifican lo que sienten los personajes. El director explicó que intentó dejarse más libertad durante el montaje, incluso permitiendo que una parte intuitiva se impusiera a su lado más racional.
El blanco y negro, por ejemplo, aparece cuando Esteban y Emilia dejan de ser director y actriz para convertirse simplemente en padre e hija. Pero esta misma ambición es también la que provoca cierta irregularidad: hay momentos en los que la forma pesa demasiado y recuerda al espectador que está viendo una película. La paradoja es interesante porque El ser querido funciona mejor cuando se olvida de demostrar todo lo que puede hacer y se concentra en aquello que duele e intenta sanar.
Peña definió el proyecto como “el guion más difícil que hemos escrito”, y quizá la clave para entenderlo esté precisamente en esa dificultad. Cuando el equipo se perdía durante el proceso, explicó, regresaban a la herida, a la raíz del conflicto. Sorogoyen añadió un paralelismo especialmente revelador: el abandono de la hija por parte de su padre dialoga con el abandono del Sáhara Occidental por parte de España. La política está ahí, pero nunca termina de desplazar el verdadero corazón del relato: una hija que intenta entender por qué su padre eligió tantas veces cualquier cosa antes que a ella.
El ser querido no es una película perfecta, y precisamente por eso resulta tan estimulante. Es una obra que arriesga, que a veces se excede y que en algunos tramos pierde el pulso, pero que también contiene escenas de una enorme potencia y dos interpretaciones extraordinarias. Estreno en cines el 26 de agosto de 2026
Valoración: ★★★★★
Texto: Gemma Ribera
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Aquí el tráiler:
