REVIEW #TEATRO: En ‘Temps’ de Quim MasfeRrer el reloj corre en contra

¿Qué harías si supieras que te quedan exactamente 90 minutos de vida? Es la pregunta que plantea Temps, el espectáculo de Quim Masferrer que regresa a los escenarios quince años después de su estreno en el Festival Temporada Alta. Ahora, en el Teatre Borràs, Masferrer recupera aquella historia y la revisita desde otro momento vital, con una propuesta actualizada que mantiene el punto de partida pero incorpora una nueva mirada sobre el texto y la puesta en escena.

Un gran cronómetro preside el escenario y se convierte en el verdadero protagonista silencioso de la función. El tiempo corre y no hay manera de detenerlo. Tampoco Masferrer tiene prisa por entrar en escena como el cómico que conocemos de El foraster o Bona gent. Al contrario: los primeros minutos están marcados por el silencio, la quietud y cierta incomodidad. Un comienzo inesperado que funciona como declaración de intenciones. Antes de hacer reír, el actor nos coloca delante de alguien que acaba de recibir una noticia que lo cambia todo: va a morir y sabe exactamente cuándo.

A partir de ahí, Temps se transforma progresivamente. La música, el movimiento y el humor permiten que la tragedia dé paso a una sucesión de situaciones en las que Masferrer utiliza la libertad de quien ya no tiene nada que perder para cargar contra todo aquello que le incomoda. La política, los poderes económicos, las grandes empresas, los servicios públicos y algunas de las contradicciones de nuestra sociedad pasan por su particular filtro satírico.

El público ríe, pero muchas veces lo hace desde una cierta incomodidad. Detrás de la broma hay una crítica reconocible y, en ocasiones, demasiado directa. Es uno de los mecanismos que mejor funcionan en el espectáculo, aunque no todas las provocaciones tienen la misma fuerza. El montaje también permite descubrir un registro de Masferrer menos habitual.

Más allá del humor y de su capacidad para hablar directamente al público, hay un trabajo interpretativo que exige pasar de la ironía a la vulnerabilidad, del monólogo al personaje y de la comedia a momentos de mayor carga emocional. La aparición puntual de un guardia de seguridad que controla que todo siga su curso añade además una especie de vigilancia constante sobre el protagonista: mientras él intenta aprovechar sus últimos minutos, el reloj y las circunstancias le recuerdan que no existe escapatoria. La puesta en escena destaca por la sencillez, ya que deja el espacio prácticamente al servicio del protagonista. Una silla de ruedas, algunos elementos que sitúan inicialmente la acción en un entorno hospitalario y el cronómetro. La iluminación y el sonido hacen el resto.

El problema de Temps aparece precisamente en su ambición. En estos 90 minutos quiere hablar de la muerte, pero también de la política, la religión, el poder, el dinero, la sociedad, los recuerdos, las relaciones personales y todo aquello que dejamos para mañana. Hay ideas interesantes y momentos especialmente lúcidos, pero el espectáculo abre demasiadas puertas y no siempre entra a fondo en ellas. Algunas escenas provocan una reflexión que permanece después de la función; otras parecen construidas principalmente para buscar la complicidad o la carcajada inmediata. El resultado es irregular, aunque la variedad de registros evita que el monólogo se vuelva estático.

Y cuando el cronómetro se acerca al final, el humor empieza a perder protagonismo. El personaje se desmonta y aparece algo mucho más sencillo y reconocible que es el miedo a morir. Incluso cuando intenta negociar su destino con Dios, la escena funciona porque detrás de la comicidad hay una realidad imposible de esquivar. Ya no se trata de criticar a los demás sino de aceptar que el tiempo se acaba. Y es entonces cuando la pieza teatral encuentra su idea más potente.

¿Por qué verla?

Quince años después de su estreno, recuperar Temps también permite comprobar cómo cambia una obra cuando cambia quien la interpreta. Quim Masferrer se enfrenta a un texto qu habla del paso del tiempo desde otra edad y otra experiencia, y esa circunstancia aporta una lectura diferente a determinados momentos del espectáculo. No estamos ante una simple reposición, sino ante una revisión que conserva el espíritu original y actualiza parte de su propuesta. El reloj de la obra puede llegar a cero, pero el nuestro sigue corriendo cuando salimos del teatro.

Valoración: ★★★

Información y entradas

Texto: Gemma Ribera

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