CULTURA – MÚSICA – CRÓNICA
La banda de Osona reúne a 55.000 personas por noche en el Estadi Olímpic Lluís Companys de Barcelona durante sus cuatro conciertos de despedida, en los que celebra catorce años de trayectoria con un repertorio cargado de memoria, energía y emoción.
Era la tercera cita de una despedida multitudinaria que culminaría al día siguiente con el cuarto y último concierto de Oques Grasses. Pero aquella noche tenía entidad propia: era una nueva oportunidad para compartir, cantar y bailar un repertorio que forma parte de la banda sonora personal de miles de asistentes.
Josep Montero, líder de la formación, apareció solo, con su guitarra y un micrófono, en una pequeña plataforma situada en medio de la inmensidad del estadio. Desde allí, con Córrer pels camps, abrió una noche que pronto dejaría atrás la intimidad inicial para desplegar toda la dimensión de una producción concebida para un recinto de estas características. El contraste entre aquel comienzo y la magnitud del espectáculo resumía, en cierta manera, el recorrido del grupo: de sus primeros pasos a convertirse en una de las bandas más populares de la música catalana contemporánea.
Con Petar-ho, Sta guai y Elefants, el concierto fue tomando impulso. La escenografía de varios niveles, las pantallas gigantes, la pirotecnia y la presencia de músicos y coristas reforzaban un espectáculo que evidenciaba la evolución de la banda sin perder su capacidad para conectar con el público.
La respuesta del estadio iba más allá de acompañar las melodías. Las canciones se coreaban de principio a fin, con esa familiaridad que convierte un repertorio en algo compartido. En un concierto de despedida, cada tema parece adquirir una segunda lectura: además de lo que cuenta, importa todo aquello que cada persona asocia a él.
Uno de los aciertos del recorrido musical fue transitar entre el espíritu festivo y la nostalgia. La vertiente más desenfadada de Oques Grasses apareció con temas como Cara de cul, Bancals y Com està el pati, antes de regresar a los sonidos de los primeros años con Cavall estable, John Brown, Cul y Passos importants.
El cambio de registro permitió recuperar la faceta más festiva de la banda, con ecos de ska y reggae. Más adelante, Molta tralla, Pingpong y Com el dia i la nit devolvieron el protagonismo a la electrónica y a los sonidos de su etapa más reciente. La sección de vientos aportó una dimensión especialmente viva al conjunto, mientras las canciones invitaban a saltar, bailar y sumarse a una celebración que desbordaba el escenario.
También hubo espacio para canciones que, escuchadas en el contexto de una despedida, parecían dialogar directamente con el momento que estaba viviendo el grupo. Bambi y Cap amunt adquirieron una resonancia especial en una noche en la que cada canción parecía acercar un poco más el final.
Oques Grasses no necesitó artistas invitados para defender su despedida. Durante el concierto, la banda se apoyó en su propio repertorio y en una producción de grandes dimensiones, sin recurrir a colaboraciones especiales. Los protagonistas eran ellos y el público que los ha acompañado durante estos catorce años.
Sin embargo, desde nuestra perspectiva, la inmensidad del Estadi Olímpic planteaba una cuestión interesante. Oques Grasses es una banda profundamente vinculada a las fiestas mayores, las plazas llenas y los conciertos populares; a esa sensación de celebración compartida en la que público y músicos parecen estar mucho más cerca. Trasladar ese universo a un estadio de semejantes dimensiones no era un reto menor.
Por momentos, el despliegue visual y la amplitud del recinto parecían imponerse a la propia banda. Josep Montero animó constantemente al público a mantener la fiesta, aunque la distancia hacía difícil reproducir aquella cercanía que asociamos a sus conciertos. Quizá ahí residía la contradicción de la noche: Oques Grasses había conseguido llenar uno de los grandes escenarios del país, pero su identidad también remite a algo más próximo, espontáneo y arraigado en la cultura popular catalana.
No se trata de cuestionar que el grupo mereciera llegar hasta aquí, sino de preguntarse si un espacio tan monumental permite conservar intacta esa esencia. Aun así, el tramo final del concierto dejó algunos de los momentos más emotivos de la noche. In the Night, Bye bye, Serem ocells y Torno a ser jo prepararon el terreno para La gent que estimo, una de las canciones más representativas de la banda. Miles de luces iluminaron las gradas y la pista mientras el público la cantaba al unísono. La escena condensaba buena parte de lo que Oques Grasses ha conseguido durante estos años: convertir una canción en un espacio de encuentro entre personas, recuerdos y emociones.
El cierre con Sort de tu, interpretada con los músicos acercándose al público y ocupando la plataforma central, reforzó esa idea de reciprocidad. La relación entre el grupo y sus seguidores se ha construido a lo largo de los años a través de canciones compartidas y de una identidad musical que ha encontrado su lugar en la cultura popular catalana, conectando con públicos de distintas edades.
Al día siguiente quedaba una última cita antes del adiós definitivo. Para quienes llenamos Montjuïc el viernes, la experiencia dejó una mezcla de celebración y melancolía: la de haber asistido a un acontecimiento histórico y ser conscientes, al mismo tiempo, de que una etapa estaba a punto de terminar.
Texto: Gemma Ribera
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