TEATRO – NACIONAL – CRÍTICA
Volver a entrar en una carpa del Cirque du Soleil después de haber disfrutado de varios de sus espectáculos permite hacer algo inevitable: comparar. No porque todos tengan que parecerse, sino porque una de las grandes virtudes de la compañía canadiense ha sido construir universos muy diferentes alrededor de una misma idea de circo. Y KURIOS – Gabinete de curiosidades demuestra que esa capacidad de reinventarse sigue intacta.
La propuesta de Michel Laprise, estrenada originalmente en Montreal en 2014, parte de un gabinete de curiosidades imaginario en el que inventos, máquinas, personajes y objetos parecen cobrar vida. La estética industrial y victoriana, con ecos de Julio Verne y del universo steampunk, resulta reconocible desde el primer momento. Pero, a diferencia de otros espectáculos de la compañía donde la fantasía se apoya más en paisajes imposibles, criaturas o mundos oníricos, aquí la imaginación tiene engranajes.
Si pensamos en Alegría o TOTEM, encontramos un Cirque du Soleil más fantástico, lírico y cercano a la naturaleza, con mayor presencia de la danza y una belleza más ligada a lo poético. KURIOS transita por otro camino: es más mecánico, tecnológico y está mucho más centrado en la capacidad física de sus intérpretes.
La escenografía de Stéphane Roy tiene un papel fundamental en esa diferencia. No se limita a crear el contexto, sino que interviene constantemente y transforma la pista. La enorme mano mecánica es uno de los elementos más llamativos, pero el conjunto está lleno de estructuras, mecanismos y artefactos que convierten el escenario en una gran máquina en funcionamiento.
Y si algo domina KURIOS son precisamente los cuerpos. Equilibristas, acróbatas y artistas especializados en disciplinas de enorme exigencia técnica se suceden a través de torres humanas, equilibrio sobre manos, contorsionismo, bicicleta, yoyó, acrobacias aéreas y números sobre una gran red elástica. La dificultad está ahí, pero la ejecución es tan limpia que consigue que lo imposible parezca sencillo.
El trabajo sobre la red es especialmente espectacular. Imitando a criaturas marinas, los artistas saltan, rebotan y alcanzan grandes alturas mientras construyen en el aire auténticas secuencias coreográficas. Más allá del impacto visual, vuelve a aparecer una de las claves del espectáculo: la confianza absoluta entre los intérpretes y una coordinación en la que cada moviiento depende del anterior.
Paradójicamente, algunos de los momentos más agradecidos no necesitan semejante despliegue tecnológico. El número de manos o el protagonizado por el yoyó recuerdan que el circo puede seguir sorprendiendo con algo tan sencillo como un cuerpo y un objeto cuando detrás existe una técnica extraordinaria. También las intervenciones del clown funcionan especialmente bien al introducir humor e ingenuidad en medio de una producción de dimensiones enormes.
La música en directo termina de dar cohesión a este universo. La banda y la cantante forman parte de la acción y se mezclan con los personajes. El swing y las sonoridades vintage encajan con esa estética de inventores y máquinas antiguas, mientras la coreografía de Sidi Larbi Cherkaoui aporta movimiento también a las transiciones.
Puede que este sea, a fin de cuentas, un espectáculo menos sensible y más contundente. Menos lírico y más acrobático. Menos centrado en construir una emoción sostenida y más interesado en provocar sorpresa, impacto y admiración ante lo que el cuerpo humano es capaz de hacer. Pero eso no significa que tenga menos magia: simplemente es una magia distinta.
Sin la comparación con otros espectáculos de la compañía, la impresión sería inequívoca: estamos ante una auténtica barbaridad de producción. La combinación de escenografía, vestuario, música, humor y acrobacia alcanza un nivel técnico difícil de discutir. Y precisamente por eso resulta interesante mirarlo también desde la perspectiva de quien ya conoce el universo Cirque du Soleil y puede apreciar hacia dónde ha evolucionado.
Hay además un detalle que convierte esta visita en una despedida. KURIOS es el último espectáculo que Cirque du Soleil presenta bajo su Gran Carpa en L’Hospitalet, después de ocho años con este solar de Bellvitge como una de sus bases en Catalunya. La estructura, de 19 metros de altura y 52 de diámetro, volverá a imponerse en el paisaje para acoger a unas 2.500 personas, pero esta vez por última vez: el acuerdo para ocupar el solar llega a su fin y el Ayuntamiento prevé destinar el espacio a nuevos equipamientos y zonas verdes.
¿Es nuestro favorito? No necesariamente. Seguimos encontrando en espectáculos anteriores una dimensión más poética, fantástica y emocional que aquí queda en un segundo plano. Pero si tuviéramos que construir un podio con los espectáculos de la compañía que hemos disfrutado, KURIOS tendría sitio en él. Porque este show, inédito en España, demuestra que el Cirque du Soleil puede seguir cambiando sin perder aquello que lo convirtió en referencia: artistas extraordinarios, una puesta en escena descomunal y la capacidad de conseguir que lo imposible parezca, durante un instante, completamente normal.
Valoración: ★★★★★
Texto: Gemma Ribera
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